Imaginación
Una cáscara de plátano de color negra y un olor a putrefacción, desagradable. Rompí una bolsa negra de plástico. Tenía el interior lleno de colillas, latas de cerveza vacías, un hueso de pollo, granos de arroz amarillo, y unos cuantos envoltorios de papel de magdalenas. Esa bolsa no me gustó. Me metí dentro del contenedor. Rebusqué entre el resto de bolsas, pero no había nada en buen estado que pudiera llevarme a la boca. Dejé el contenedor verde de la derecha y me fui al de la izquierda. Lo abrí con un poco de entusiasmo, con la esperanza de poder encontrar algo. Había más bolsas verdes y negras que en contenedor anterior. Eso, me alegró bastante. Empecé con las bolsas que había en la parte superior. Pensando que iba a ser más fácil encontrar algo servible. Rompí la primera y encontré resquicios de filete a la plancha, aún tenía el olor de recién hecho. Aquel olor que tantos años llevo añorando. Un poco más abajo, casi en el fondo de la bolsa, me encontré una mandarina. Sin tocar, en perfectas condiciones. Así que la cogí y la metí en mi carro. Carro que tiene veinte años, y es como mi casa ambulante. Sí, soy como un caracol. Voy vagando de un lado a otro. Pero con mi carro a cuestas.
Mientras metía la mandarina en mi carro, apareció una mujer rubia y despampanante por la acera de enfrente. Llevaba vaqueros ajustados, unas botas de montar a caballo que llegaban un poco más abajo de la rodilla, un abrigo marrón, bien sujeto a la cintura (por si acaso se iba a escapar) unas gafas con unas letras más grandes que las lentes. Ponía algo así como D&G, pero no sé lo que significa... El pelo suelto, al aire, dejando que el poco viento que hacía a esas horas de la tarde, lo movieran delicadamente. En su mano derecha, cerrada con un nudo, una bolsa del Corte Inglés. Paulatinamente se iba acercando a los contenedores. A través de las gafas veía como me observaba y sus gestos empezaban a convertirse en molestos y tensos. Llegó al primer contenedor dónde yo había mirado. Y, delicadamente, dejó la bolsa del Corte Inglés al lado del contenedor. No se dignó a mancharse las manos y mucho menos a abrir la tapa para meter la bolsa en el interior. Yo observaba apoyado en mi carro, mi querido carro. Y ella, vergonzosa, no fue capaz de mirarme. No intentaba seducirla y tampoco pretendía hacerle daño, sólo quería saber cuales eran sus intenciones. Una vez depositada la bolsa en el suelo, se fue por el mismo camino por el que había venido. Cuando torció la esquina, la curiosidad me invadió y decidí echar un vistazo al interior de la bolsa. Abrí el nudo con cuidado, y miré el interior... Un pequeño trozo de papel. Vacío en apariencia, pero le di la vuelta y leí una letra clara, redonda y segura: “Déjala volar”
Mientras metía la mandarina en mi carro, apareció una mujer rubia y despampanante por la acera de enfrente. Llevaba vaqueros ajustados, unas botas de montar a caballo que llegaban un poco más abajo de la rodilla, un abrigo marrón, bien sujeto a la cintura (por si acaso se iba a escapar) unas gafas con unas letras más grandes que las lentes. Ponía algo así como D&G, pero no sé lo que significa... El pelo suelto, al aire, dejando que el poco viento que hacía a esas horas de la tarde, lo movieran delicadamente. En su mano derecha, cerrada con un nudo, una bolsa del Corte Inglés. Paulatinamente se iba acercando a los contenedores. A través de las gafas veía como me observaba y sus gestos empezaban a convertirse en molestos y tensos. Llegó al primer contenedor dónde yo había mirado. Y, delicadamente, dejó la bolsa del Corte Inglés al lado del contenedor. No se dignó a mancharse las manos y mucho menos a abrir la tapa para meter la bolsa en el interior. Yo observaba apoyado en mi carro, mi querido carro. Y ella, vergonzosa, no fue capaz de mirarme. No intentaba seducirla y tampoco pretendía hacerle daño, sólo quería saber cuales eran sus intenciones. Una vez depositada la bolsa en el suelo, se fue por el mismo camino por el que había venido. Cuando torció la esquina, la curiosidad me invadió y decidí echar un vistazo al interior de la bolsa. Abrí el nudo con cuidado, y miré el interior... Un pequeño trozo de papel. Vacío en apariencia, pero le di la vuelta y leí una letra clara, redonda y segura: “Déjala volar”







