Cómo no explotar, acumular ni equilibrar una delgada línea roja
Si la excedo, exploto. Si paso o me mantengo debajo, las cosas se acumulan. Y creo que el equilibrio constante es algo realmente imposible si no depende sólo de ti. Hay días -sí, sé que tengo
miles de teorías que
hacen alusión a los
tipos de días, pero siempre pienso que cada
día es único y
en cada uno de ellos siempre
se aprende algo nuevo- en los que me encantaría ser malabarista, multiplicarme por cinco y dividirme entre tres cuando quiera concentrarme realmente en algo. Posteriormente, sumarme dos y restarme una cuando tenga sueño. Así podría andar tranquilamente por ese sutil alambre sin necesidad de explotar, de tener la noción de que se me acumulan las cosas o de pensar en encontrar un equilibrio.
El ecosistema de las delgadas líneas rojas
Pero el problema no está ahí. Vivir en sociedad significa convivir. Por tanto, relacionarse con otras delgadas lineas rojas. Éstas se mueven por el mundo, como se mueven las ideas en la cabeza, los coches por la carretera y las nubes en el cielo. Es un ecosistema pequeño dentro de un ecosistema más grande. Éste último, a su vez, está metido dentro de otro que es mucho más grande. Y así, sucesivamente, es como meter círculos de menor a mayor dentro de un círculo mucho más grande. Si uno no es estable, los demás tambalean, porque todos depende de uno, el del centro.
La línea roja de la opinión
Y esta es una de las razones por las que muchas veces nadie entiende lo que digo. Otras, no digo nada porque casi nadie va a entender lo que pienso. Y otras tantas, cuando las digo, nadie hace caso por la simple razón de ser diferente a una misma que es común entre mucha gente. Siempre he defendido los puntos de vista, su diversidad, la extrañeza, los razonamientos, las argumentaciones, los comentarios y todas esas cosas que van intrínsecamente unidas a lo que viene siendo una opinión y la libertad de expresión. Por eso pido que por mucho que moleste, también se me respete a mí.
El fin de la visión a dos metros de distancia.
Todo está unido. Y es escueto, pero concreto. Me
niego. Hay veces que me da miedo imaginarme el futuro pero, sin embargo, me pongo metas para poder llegar a él. Esas veces que me lo imagino, miro a través de unos
anteojos (siempre me ha gustado esa palabra y esa foto) que pueden llegar a predecir, de manera difuminada y entre neblina, qué es lo que me depara el más allá, el futuro más próximo. Hago esfuerzos por tener visión de futuro. Esto no significa que deje de vivir el día a día. Y, cuando digo que quiero tener visión de futuro, se confunde con esa frase antes del punto. Por tanto no se suele llegar a entender que intento estar preparada por lo que pueda llegar a pasar.

Tras estas cuatro delgadas lineas rojas, acompañadas de caracteres incomprensibles y pensamientos con doble interlineado, acentuados con un trasfondo sutil pero sentido y divididas en cuatro etapas relacionadas directamente entre sí, dejo de enredarme o terminaré convertida en un ovillo de lana.
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